Sociedad
El Negro Manuel: el caboverdiano que cambió la historia y selló un puente eterno con la Argentina
El destino deportivo determinó que la «Scaloneta» deba medirse contra el seleccionado de Cabo Verde en la primera llave eliminatoria de la Copa del Mundo. Aunque para el futbolero promedio este emparejamiento suene exótico e inédito, la realidad histórica demuestra que la Argentina y la pequeña nación insular de África occidental están unidas de forma indisoluble desde hace casi cuatro siglos.
El puente entre ambas culturas tiene nombre y apellido: Manuel Costa de los Ríos, universalmente recordado como el «Negro Manuel», un esclavo africano nacido en Cabo Verde que se transformó en el primer custodio y testigo directo del origen de la Virgen de Luján, la patrona de todos los argentinos.
Nacido a principios del siglo XVII en el archipiélago caboverdiano —por entonces un punto neurálgico del tráfico de esclavos de la corona portuguesa—, Manuel fue trasladado por la fuerza hacia América. Tras un paso por Brasil, desembarcó en el puerto de Buenos Aires en 1630.
Su destino cambió para siempre cuando fue asignado para acompañar una caravana que transportaba dos imágenes de la Inmaculada Concepción hacia Santiago del Estero. Al hacer una parada nocturna a orillas del río Luján, los bueyes que tiraban de la carreta se plantaron por completo. Solo cuando se descargó el cajón que contenía la imagen mariana, los animales avanzaron.
Aquel acontecimiento, interpretado de inmediato como un designio divino, marcó el inicio del culto a la Virgen de Luján, y Manuel fue nombrado su primer cuidador, instalándose en una modesta ermita de barro.
Traído al virreinato como parte del tráfico humano tras desembarcar previamente en Pernambuco (Brasil), Manuel viajaba en una tropa de carretas que trasladaba dos estatuillas de la Inmaculada Concepción encargadas por un terrateniente radicado en Sumampa (Santiago del Estero).
En la segunda noche de travesía, la caravana se detuvo a pernoctar en la Estancia de Rosendo, un predio rural que pertenecía a Bernabé González Filiano y Francisca Trigueros, ubicado en la actual localidad de Zelaya, dentro del Partido de Pilar.
Al amanecer del día siguiente, ocurrió el suceso que alteró los planes coloniales:
- Los bueyes clavados: Por más que los arrieros los azuzaron y golpearon, los animales se negaron sistemáticamente a mover la carreta que transportaba los cajones.
- La prueba del peso: Los peones descargaron la mercadería para alivianar el carro, pero los bueyes continuaban inmóviles.
- La revelación: Solo cuando bajaron uno de los cajones pequeños que contenía la imagen de arcilla de la Virgen, los animales marcharon sin esfuerzo. Los presentes gritaron «¡Milagro!» al comprender que la figura deseaba quedarse en ese lugar.
Durante cuatro décadas, Manuel habitó las tierras pilarenses manteniendo encendida de forma ininterrumpida la lámpara de sebo del oratorio, untando a los enfermos con el aceite de las velas y recibiendo a los primeros peregrinos que se acercaban al paraje.
Hacia la década de 1670, debido al abandono de la estancia original por los malones y las crecidas, una patricia porteña llamada Ana de Matos compró la imagen para llevarla a su propiedad. Sin embargo, la leyenda relata que la Virgen desaparecía de su nuevo destino y «volvía» misteriosamente al lado de Manuel en Zelaya, hasta que las autoridades civiles y eclesiásticas comprendieron que la imagen y su cuidador caboverdiano debían marchar juntos.
Para legalizar su situación en una época dominada por las leyes de la corona, los herederos de su antiguo amo firmaron un acta insólita: vendieron formalmente a Manuel por 200 pesos. ¿El comprador? La mismísima Virgen María. A partir de allí, cuando los viajeros le preguntaban a quién pertenecía, el anciano respondía con orgullo una frase que quedó grabada en las crónicas eclesiásticas: «Soy esclavo de la Virgen nomás».
Manuel falleció a finales del siglo XVII y sus restos descansan actualmente bajo el altar mayor de la imponente Basílica Nacional de Luján. Hoy en día, su figura se encuentra en pleno proceso de canonización en el Vaticano bajo el título de «Siervo de Dios». Por eso, cuando este viernes la pelota empiece a rodar en el cruce de octavos del Mundial, el partido de fútbol no hará más que reactivar un lazo místico que comenzó hace 396 años en los caminos de tierra del norte bonaerense.